Por: Jorge Nain  Ruiz

 

Por estas épocas preelectorales, las palabras corrupción y posverdad adquieren mayor relevancia en el diario vivir de los colombianos. La primera, porque es en la actividad política y administrativa pública donde la corrupción se muestra en todas sus facetas, y al parecer, los colombianos hemos aprendido a convivir con ella sin sonrojarnos, por lo menos.

La segunda, debido a que las comunicaciones y medios modernos nos han acostumbrado a recibir todo tipo de información sin ningún filtro o verificación, a la cual le damos absoluta credibilidad y tomamos decisiones con premisas falsas. La palabra posverdad, tan de moda ahora en el mundo, significa: “Relativo o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales”.

En esta columna, en muchas ocasiones he tocado algunas facetas de la corrupción en el Vallenato, y hoy me detendré en aquella mediante la cual son los mismos intérpretes y compositores quienes la promueven y practican. En los festivales o concursos que se realizan a lo largo y ancho del país, algunos participantes han creado una especie de mafia que se dedica a contactar jurados que también se prestan para ello, y ofrecerle todo tipo de dádivas o coimas a cambio de un resultado favorable.

Estos carteles son suficientemente conocidos en el medio, por eso los organizadores de estos eventos que luchan contra esta modalidad de corrupción, el único mecanismo que han encontrado para contrarrestar el fenómeno, consiste en encontrar jurados a prueba de sobornos y mantenerlos en constante monitoreo y vigilancia.

En la otra orilla se encuentran algunos personajes siniestros que dicen ser expertos en el tema, y se ofrecen permanentemente para prestar sus servicios de jurado. Esta tarea de jurado es bastante ingrata, pues una vez termina el concurso el único contento es el ganador, los demás participantes quedan inconformes con el veredicto, y señalan de corrupto y parcializado al jurado.
La posverdad es ahora otro mecanismo de corrupción empleado por estas mafias de los festivales. En uno de los tantos festivales vallenatos realizado a finales del año pasado, se inscribieron una gran cantidad de acordeoneros profesionales reconocidos, algunos con el título de Rey Vallenato. En redes sociales y empleando cadenas por Whatsapp, circuló la información de que ya se sabía quién sería el ganador y se daba, incluso, el nombre del personaje.

El efecto que tuvo esta falsa información fue el retiro de casi la mitad de los inscritos, lo cual abonó el camino para las pretensiones de aquellos que se encargaron de difundir el mensaje y que a la postre terminaron beneficiándose del resultado.

En casi todos los festivales vallenatos se difunde información falsa con el propósito precisamente de pescar en rio revuelto, pero en tiempos de posverdad y de medios digitales el asunto tiende a agravarse. Se hace menester que las organizaciones que regentan los festivales tomen algunas medidas para atacar esta otra herramienta de corrupción moderna.

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