Por:  Carlos Fernández

Recuerdo ese día cómo si fuera ayer. La final del primer concurso de Rey de Reyes iniciaba de manera estelar y la edición número 20 del Festival vallenato vestía su mejor atuendo.

Era el año de 1987 y Alejo Durán, el Negro Alejo, volvía a aparecer diecinueve años después de que se organizara el primer festival vallenato. Diecinueve años después de que se impusiera como el primer Rey vallenato de la historia.

En su rostro brillaba un aire de  misterio y orgullo. Es cierto que a lo largo de su vida profesional no había abandonado ese semblante sereno tan característico ni tampoco su sombrero volteao´ que hacía de él un hombre sencillo atado a los símbolos del folclor.

Pero en este año las circunstancias eran distintas. Por primera vez el concurso entre reyes reemplazaba a la categoría profesional y ese esquema seguiría reproduciéndose cada diez años con todo lo que eso implica de presión mediática.

Entre el público, frente a la tarima de Francisco el Hombre, circulaban desde muy temprano los ruidos de que el concurso serviría para homenajear al primer Rey: Durán. Los pronósticos reforzaban la creencia de un orden preestablecido y muchos de los apostantes consideraban que esa noche sería otro episodio de un arreglo entre dirigentes y cantantes.

Pero la realidad demostró todo lo contrario. La noche de la final, entre los más grandes acordeoneros de los últimos veinte años, el gran Negro Alejo subió a la tarima con un paso pausado y el eterno amigo “Hohner” en las manos.

Las aclamaciones fueron numerosas antes de que el Rey iniciara sus cuatro ritmos tradicionales y que el silencio cayera sobre la plaza Alfonso López como un manto blanco y espeso.

Llegó el momento de interpretar la puya de su autoría “Pedazo de acordeón”, y la tensión se duplicó de repente. Ante la mirada de tantos fieles, el maestro Durán se empeñó en superar todas las marcas y lo logró.

Su interpretación fue maravillosa, esplendida, hasta, que, de repente, el Negro Alejo se detuvo. La sorpresa fue completa. El jurado no sabía lo que ocurría. Tampoco el público que miraba al escenario sin ruido.

––Pueblo ––expresó el músico después de unos segundos––: Me he acabado de descalificar yo mismo.

En ese momento, diversas exclamaciones surgieron de la muchedumbre. No parecían de acuerdo con ese abandono inesperado. El Rey contempló a su alrededor, dirigió una mirada al jurado y, luego, se explicó:

––Me he equivocado en la ejecución de los bajos y, lastimosamente no puedo seguir concursando.

Las explicaciones no parecieron conformar al público. Al punto se hicieron notables las protestas, pero Alejo Durán hizo caso omiso y se bajó de la tarima, confirmando así su auto-descalificación.

Minutos más tarde, ante la insistencia de los espectadores, el Rey volvía a subir a la tarima para acabar su actuación pero, desde ese momento, las puertas del Reinado de los Reinados se habían cerrado.

La misma noche, tras este suceso inédito, el certamen fue concedido a Colacho Mendoza en medio de disparos, abucheos y enojos multitudinarios.

 

 Por: Carlos Fernández