Por: Rosendo Romero Ospino

Hablando con dos compadres míos sobre los grandes acordeonistas de nuestra música, concluimos, primero, que ‘El Debe’ López no era un acordeonista chambón, fue un señor acordeonista, con una sencillez magistral para hacer sonar bonito el acordeón y el que no lo crea así, que coloque ‘La ventana marroncita’ a la hora que quiera, pero si lo hace en la madrugada se va asombrar de lo bello que suena esa deliciosa melodía, clarita como el agua de lluvia y sabrosa “como bebida en las manos”. ‘El Debe, miembro al fin de la dinastía López, era merenguero rancio y sabía que el acordeonero que se respete hace solos de bajos, porque si no, no es completo.

El diestro Miguel López es un insigne digitador plenamente demostrado en el paseo rápido ‘Que dolor’, de Luis Enrique Martínez, en el paseo de mi compadre Sergio Moya Molina titulado ‘El contrabandista’ y en el merengue ‘Amor y juegue’, en esas canciones el pacífico convierte el acordeón en un juguete de su voluntad, es como si le ordenara sonar y el acordeón canta como lo hace el canario cuando le dan su alpiste. Tuve la suerte de verlo en una caseta en Fonseca, una total concentración delataban sus ojos y el cuerpo completamente relajado, en medio del desarrollo y reparto musical de aquella granizada de notas, soltó una sonrisa casi imperceptible, porque el bigote no dejaba ver.

Hoy con mis compadres tocamos ese punto. Pero no pude evitar decir que ‘Él Debe’ logró hacerse valer, porque se atrevió a tocar su propio estilo y a proponer sus arreglos. Quedó entre la espada y la pared o mejor dicho entre medio de ‘Poncho’ López, ‘El Estilista’ de los bajos y las notas, y Migue ‘El gran digitador’. Pero, desde allí ‘Él Debe’ no se le quedó corto, ni a sus hermanos ni al águila de Carrizal, La Junta.

Egidio Cuadrado Hinojosa, cuántas cosas no se dijeron cuando se llevó la corona para Villanueva, y hoy ¿Qué?… ¿No es acaso uno de los mejores embajadores de nuestra música por el mundo al lado de Carlos Vives? La forma como toca el acordeón en ‘La tierra del olvido’, es un pasaporte a un mundo mágico de las Sagas y los Mamos de la cúspide empinada de la imponente nevada, de ritos y pagamentos en la kankurua, es el vuelo del cóndor, es la misma agua manantial bajando hacia la mar, ‘Déjame entrar’ es una loa al idilio en las notas de ‘Giyo’, ‘Matilde Lina’ es una evocación a las viejas parrandas del poeta ciego y trashumante de la ilusión que calcina el paso anhelante de Tocaimo a El Plan. ‘La gota fría’ es abordada por el cafetalero, con solvencia y maestría parrandera que no avergonzaría a su maestro Emiliano Zuleta Baquero. En aquella reunión con mis dos compadres, llegué a la conclusión, que ojalá tuviésemos más reyes vallenatos así.

 

Por: Rosendo Romero Ospino