Por: María Ruth Mosquera

 El amor como ley motiv ha sido, es y será el insumo más poderoso para que los poetas puedan amalgamar sus versos y crear obras de un romanticismo superior, que traducen y subliman historias, vivencias, ilusiones y testimonios de corta o larga duración.

Mirando este axioma en el universo de la música vallenata tradicional, muchos de esos cantos dan cuenta de idilios tan perfectos que hacen pensar en una perdurabilidad más allá de la muerte; describen estados de enamoramiento en los que no dejan espacio, ni en la imaginación, a una posible desatención a la musa que inspiró el canto y que a la luz del mismo es una princesa en el reino del amor, donde no existen ni maltratos, ni infidelidad, ni separaciones, ni nada que atente contra ese sentir tan puro.

Y se encuentran romances bonitos, uniones consolidadas y humanamente ejemplares. No obstante, muchos de esos sentimientos que expresan los poetas, al bajarlos a la realidad se estrellan con circunstancias antónimas, maceradas con hieles de esencia muy lejana a los versos que cantaron.

Casos que parecen pero no son se pueden mostrar profusamente: ‘Alicia adorada’ murió sola después de un parto difícil que debió enfrentar sola, mientras su marido, el Juancho Polo Valencia andaba de gira parrandera; la ‘mujer conforme’ de Máximo Movil murió en medio de uno de esos dolores fantasmagóricos que a veces espantan la convivencia de la pareja; Leandro Díaz pensó, soñó y hasta temió no lograr sobrevivir al recuerdo de Matildelina, una mujer con la que no tenía ni siquiera una amistad consolidada...

Así, muchos cantos vallenatos están adobados de irrealidades y fantasías, que si bien no corresponden a una verdad total, sí han inspirado y siguen inspirado a miles de enamorados que anhelan los amores descritos en canciones. En línea paralela se sitúan las historias reales que, además de ser historias inalteradas, trascienden la obra y muestran la esencia de su hacedor, como ejemplo claro del anhelado ideal ‘Ser y parecer’.

Si de escoger a un representante de este ideal se trata, sin duda éste sería Fernando Meneses Romero, compositor oriundo de La Gloria-Cesar, conocido como ‘El poeta del amor’, que desde sus primeras incursiones en la creación literaria, a sus quince años, cuando era un estudiante de secundaria, echó mano del amor como el motivo recurrente de sus versos y construyó sesenta sonetos que le salieron del corazón enamorado y más tarde ardieron en el fuego de los celos de una novia juvenil.

La musa nunca duerme, permanece paseándose libre por los recovecos del alma de este poeta para capturar sus sentires y convertirlos en poemas con los que Meneses ha descrito, desde sus vivencias, las sensaciones provocadas por el amor con tal detalle que se han convertido en sentimientos colectivos de los enamorados del mundo: “Cómo nos duele cuando sabemos que el ser amado nos quiere, pero hay razones que le impiden y no puede demostrarnos que nuestros con sus quereres. Y es delicioso cuando te sientes muy cerca de esa persona, cuando respiras su mismo aliento y su aroma y entre su pecho tú duermes sueños de aurora…”.

Esos ‘Momentos de amor’ son universales y, por lo tanto, generan tanta apropiación social, tal como se lo han expresado a su autor: “Específicamente con esa canción más que con las otras, se me acerca la pareja con sus hijos y me dice: Este matrimonio y esta familia que usted ve aquí son producto de una canción suya que me ayudó a conquistarla y a reblandecerle el corazón a esta mujer. Eso es muy satisfactorio, ver que muchas personas llegaron a una unión familiar, duradera, basada en las bases del respeto, por medio de una canción mía”.

‘Momentos de amor’ es una poesía sentida, que se enlista en primer lugar al momento de nombrar las canciones vallenatas románticas, no solo las de Meneses Romero sino en general de los clásicos del vallenato lírico. Es una canción de más de cuatro décadas que ha trascendido de generación en generación, tal como pudo experimentarlo el poeta Fernando Meneses en el festival Cuna de Acordeones de Villanueva, La Guajira, donde existe el concurso del Quinto Aire o Romanza: “Vi un niño de diez años concursando y cantando ‘Momentos de amor’ con una solvencia, una entrega y le ponía un sentimiento cuando la cantaba que yo me sorprendía porque decía: esa canción tiene cuarenta años y ese niño apenas tiene diez. Es muy bonito cuando se trasciende generacionalmente con la música y eso es tal vez cuando uno ha logrado hacer que una canción se universalice y sea real”.

Le cantaba en esa etapa de su juventud a las ilusiones que llegaban a su corazón, que aún no lograba hacer germinar en su favor. Allí, en ese mundo de ilusiones, nacieron muchos versos: “Qué orgullosos serán nuestros hijos, al ver a sus padres tan felices, serán ramas de un árbol de amores, dulce savia nutrirá sus flores, pues de amor ya inundó sus raíces… Por tu amor yo viviré en un mundo de ilusiones, por siempre te buscaré, mujer, en otros amores”.

“Uno quiere unirse a una persona de por vida y uno pone de ejemplo a un árbol que diariamente hay que regarlo, cultivarlo, amarlo y cuando uno ve que va creciendo, sus raíces van cogiendo cuerpo y que van adentrándose en la tierra, ve cómo va creciendo; es como un edificio que si se cimienta bien va a tener una vida perdurable y eso es lo que hay que hacer con el amor a diario”, expresa el poeta del amor, que en esos años juveniles hizo poemas cantados como ‘Muere una flor, ‘Mi pedazo de cielo’, ‘Relicario de besos’ y muchas otras como ‘Canasta de ensueños’, inspirada en la que luego se convirtió en su musa eterna: Ruby Arrázola, una plateña de la que se enamoró y llevó al altar hace ya cuarenta años, madre de sus tres hijos con la que mantiene un romance como de noviazgo inmarchitable.

A ella le dijo “Si supieras cariñito la falta que tú me haces cuando no estás a mi lado, caminando entre la gente, voy perdido en pensamientos y siento que más te amo”.  Y luego, en versos le hizo una petición a la que ella dijo Si: “Yo te pido mil caricias nuevas, que me entregues tu alma limpia y buena, que me brindes la felicidad”. También él aportaría lo correspondiente para que el idilio fuera completo: “De mi vida, toma tú, mi amor, la parte buena, que a la parte mala ya eché tierra, seré tuyo hasta la eternidad”. Además de esa promesa –cumplida- le habló de las mil razones que tenía para amarla, para entregarle su corazón, de la luz y la paz que había traído a su mundo y en metáforas, la describió a ella:

“Es tu pelo donde enredo yo mis ilusiones, que más tarde convierto en canciones, para el álbum de mi corazón; es tu boca hervidero de mis emociones, que idealizo en mis composiciones, que alimentan mi tierna pasión. Es tu cuerpo imaginación desenfrenada, un mundo de locas esperanzas, es delirio y es fascinación. Es pureza, es sentir el alma enamorada y que pienses que en cada tonada he compuesto mi mejor canción”. Como ha sido un romance sin igual, cuando estuvo lista la canción, se la llevó en una serenata a su amada, que experimentó el gozo del amor expresado y probado; además de poner la serenata en la parte íntima emocional, después lo hice como una serenata para toda Colombia porque le pedí al Binomio de Oro que esa canción saliera el día que nos casábamos y le pedí a la agrupación que fuera a estrenarla en mi matrimonio y esa fue una sorpresa grande para mi esposa”.

 

La casa de Fernando Meneses en Bucaramanga llamada El Alto de los Padres

Hace un par de años, este poeta construyo en una montaña de Bucaramanga, llamada El Alto de los Padres, a 1.400 metros de altura sobre el nivel del mar, un nido de amor al que bautizó El balcón de los sueños, allá vive su romance con su novia eterna, es visitado por sus dos hijos, va medio tiempo a ejercer su profesión de ginecólogo y regresa a ese lugar, más cerquita del cielo, con acuarelas mutantes que le regala el paisaje de niebla y nubes pasajeras y la panorámica nítida de cinco municipios, la cordillera central, el río Magdalena con unas puestas de sol inverosímiles.

Llegar ahí, y ver a esta pareja, es ser testigo de las más sublimes demostraciones de amor en calma, sin prisas ni temores, de un enamoramiento ejemplar, que se evidencia en la forma como se tratan: “Amor”, “Mivi”, como apócope de Mi Vida, las caricias sutiles en el pelo, las tomadas de la mano cuando están sentados y un raudal de detalles que son inequívocas manifestaciones de amor inalterado.

Desde ahí sigue componiéndole canciones a su amada, viviendo la vida de sus sueños, recibiendo con abrazos a sus amigos, armonizando con la naturaleza y la paz del alma, dando testimonio con su ejemplo esa forma de amor que predica en sus canciones, la coherencia de ser y parecer.

 

 Por: Mariaruth Mosquera

@Sherowiy