Por : Mariaruth Mosquera

 Hace un año, Andrés Beleño, Rey Vitalicio de la Piqueria, sufrió una isquemia que borró la información de gran parte de su cerebro, como las facultades para hablar y tejer su discurso y la prodigiosidad de su memoria, tan propias de su repentismo. Ahora, con terapias y el amor de los suyos, avanza en el proceso de reaprender y reescribir partes de su vida.

Siete décadas de versos, jovialidad, ingenio, gracejo, destreza rítmica y consolidación constante de su dignidad de rey se durmieron un día de abril en que su flujo sanguíneo extravió el camino y no llegó a su cerebro, morada de células que entonces fueron privadas de oxígeno y nutrientes esenciales para vivir, por lo que muchas murieron llevándose con ellas gran parte de las habilidades verbales, mentales y motrices del monarca. Un mal chiste para alguien como él, que se ha pasado la vida componiendo, cantando, bailando, viajando y ejerciendo el don sagrado de la palabra que le fue dado.

Un año antes, (abril de 2017) él – Andrés Emilio Beleño Paba – estaba en una tarima protagonizando una disputa de versos para ascender a la categoría de Rey de Reyes del Festival de la Leyenda Vallenata; aunque el puntaje no le alcanzó para llegar a la meta, sus improvisaciones cantadas ratificaron su esencia real y, sobre todo, refrendaron el sitial que solo él ocupa en ese certamen: Rey Vitalicio de la Piqueria.

Fue en abril, hace cuarenta años, que fue coronado como Primer Rey de la Piqueria del Festival, que para ese año alcanzaba su versión número 12 y estrenaba este concurso.

Andrés Beleño, Rey Vitalicio de la Piqueria, vive días de reposo, en el calor de su hogar, recibiendo el afecto de su esposa e hijos, reaprendiendo a hablar y reconstruyendo paso a paso su esencia artística, con los fragmentos de recuerdos que le va suministrando su memoria.

La vida del rey cambió, ahora asiste a terapias con las que médicos y familiares intentan ayudarlo a reescribir esa parte de la memoria que le fue borrada, producto de la isquemia cerebral que en abril de 2018 lo llevó a los linderos de la muerte, afectando su sistema neurobiológico y en consecuencia dificultando sus procesos cognitivos, como el lenguaje.

Es como un niño que no logra aún el pleno desarrollo comunicativo-lingüístico, por lo que su interacción social es limitada; cuando van a visitarlo sus amigos, cada vez en un flujo más mermado, tienen dificultades para entender su discurso y es menester que Nelsy Mendoza, su eterna compañera y enfermera de cabecera, cumpla la función de traductora de su esposo. Entonces él dice a través de ella, que la mano derecha fue la afectada, pero tiene menos movimiento en la izquierda porque dicen los médicos que estos accidentes suelen ser ‘cruzados’: si tienen su origen en un lado, recibe la mayor afectación en el otro.

“A él le dio una isquemia y fue grande la parte del cerebro afectada, pero gracias a Dios, todos los médicos que lo ven se quedan sorprendidos de que él quedó con movimiento, porque normalmente las personas quedan paralizadas. Al comienzo tenía menos movilidad, pero sí iba al baño, se cepillaba los dientes y comía solo, despacio pero lo hacía”, cuenta Nelsy.

Terapia del lenguaje, en la que le refuerzan el ejercicio de tejer las palabras verbalmente y le muestran letras para que las identifique y pueda construirlas en la escritura; terapia física para darle fluidez a su parte motriz, para optimizar su movilidad; terapia ocupacional que tiene como meta traer al presente los recuerdos que duermen en el fondo de su memoria; “lo ponen la música de él, a recordar y a cantar y hacer cosas que le devuelvan la memoria”, explica su esposa.

Es aquí donde entra en escena el arte y su fuerza curativa, pues cuando familiares y amigos le tararean fragmentos de sus canciones, Beleño encuentra el resto en su memoria y las canta, con la mágica y maravillosa característica que estas las logra expresar claramente, incluso la música, su música, le infunde bríos a sus músculos y puede bailar un poco, al tiempo que canta: “Mamá… ¿usted sabe, donde esta María? venga pa que la vea tiene la fiesta prendía meneando la batea bailando con grosería y haciendo cositas feas Venga pa que la vea”.

La evocación de sus cantos, el ejercicio de su pasión artística, transforma a este compositor y le va trayendo uno tras otro diversos fragmentos de sus canciones. Además de ‘La batea’, grabada por Jorge Oñate, entona ‘El gorrero’ que le grabó ‘El Mono’ Zabaleta; ‘Que se vaya’, grabada por Churo Díaz; le arranca risas entonas una que hicieron éxito Poncho Zuleta y ‘El Cocha’ Molina, dedicada a una mujer que “quiere vivir como la campana: tan, tan, tan, tan, tan”, y hasta una canción grabada hace 30 años llega a participar de la convocatoria de recuerdos musicales.

Todas estas son manifestaciones de mejoría, dice su compañera, pues al comienzo fue muy difícil: “A él se le olvidaban más las cosas. A veces llegaba alguien y lo saludaba y conversaba bien con él, pero cuando se iba me preguntaba quién era”. Así es, la isquemia le borró cosas, prácticas, conocimientos, personas y muchas cotidianidades, pero mediante la voluntad, la fuerza, las terapias y un profundo afecto familiar, este rey está cumpliendo con éxito su proceso de reconstrucción de memoria.

“Yo tampoco me he quedado solamente con el tratamiento del médico y del especialistas, sino que también le he dado medicina natural y una proteína que he sentido el avance bastante, gracias a Dios”, explica su compañera fiel y resalta que la mejor terapia es el cariño: “el amor; y esa sí que no le falta. Ninguna terapia funciona como esa: el cariño”.

Estos han sido tiempos sin poder cantar sus cantos ni bailar sus bailes. “Ya no tengo memoria, ya no recuerdo bien las cosas”, dice el rey; pero sí ha sido un año de reposo, de compartir en familia los momentos que la condición un tanto nómada de la vida artística le impidió por muchos años, de recibir la visita de los amigos y de sus hijos que siempre lo tienen encabezando la lista de sus prioridades. “Ya él hizo lo que hizo y lo importante es que lo tenemos aquí con nosotros dándole afecto. Yo estoy muy agradecida con Dios porque he visto su gloria”, expresa Nelsy.

Un legado en el verso

En su casa reposan muchos de los más de cien trofeos que Andrés Beleño ha obtenido, gracias a su destreza en la creación espontánea de versos. De igual manera, hay diplomas, notas de estilo y reconocimientos que le han hecho en festivales y otros eventos folclóricos, para destacar que él es autoridad en la piqueria, tal como lo reconoció la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata al elevarlo a la distinción de Rey Vitalicio, que le da una connotación perpetua a su título de rey.

La suya ha sido una escuela seguida por decenas de verseadores que se inventan bailes en tarima y hasta intentan imprimirle a su estilo repentista la picaresca que él impuso a lo largo de estas cuatro décadas de triunfos.

Pero no solamente es su arte para la creación de versos, sino el extenso legado de canciones, sobretodo de puyas, que año tras año reviven y ayudan a ganar a concursantes del Festival de la Leyenda Vallenata; puyas como ‘El contendor’, ‘El combate’, ‘Me peino con la lengua’, ‘Vaya pa’ atrás’, Los parecidos’, ‘Pico y espuela’, ‘Lo vi corriendo’ y ‘Soy maestro’, son interpretadas por acordeoneros que buscan la corona de reyes.

Y ni qué decir de su particular manera de vestir, al punto que se habla del ‘estilo abeleñado’, que no es otra cosa que el uso de camisas con estampados coloridos y poco comunes. “El tema permanente de la forma de vestir de Beleño hizo carrera; por ejemplo si a mí me veían llegar con esta camisa, me preguntaban ¿y donde compraste esa camina abeleñada? Yo creo que él en algún momento de su vida se dio cuenta que eso lo favorecía, que la gente estaba pendiente en los festivales y esperaban a ver cómo llegaba vestido”, dice el periodista Richard Leguízamo Peñate, jurado permanente de festivales del país.

Ha sido un estilo que su esposa intentó contrarrestar –sin éxito alguna vez: “Yo como no era muy gustosa, le cambié las camisas, le iba sacando una de esas floreadas y se la reemplazaba por una seria; las recogí y las mandé para el pueblo de él (Chiriguaná); pero él se iba al centro y las compraba, una vez llegó con una que era una gallina con un poco de pollitos; y mi mamá también se las hacía”, narra la mujer que se dio por vencida en ese intento.

Pese a las limitaciones traídas por la convalecencia, a la tarea que hoy tiene de reaprender la vida, Andrés Beleño sigue siendo un hombre alegre y dicharachero, que superó el desconcierto y el insomnio de los primeros meses en este estado, cuando se levantaba a media noche y su esposa lo encontraba sentado en una mecedora de la sala, pensativo y confundido; que permanece alimentado de cariño y del arte que se abre paso en su memoria para hacerlo cantar, para infundirle de a poquito la fuerza a su cuerpo, para recordarle a sus músculos la conexión indisoluble que tienen como la música, para ejercer su baile, tan propio de él.

La última vez que se batió en duelo de versos fue un año antes del accidente cerebrovascular, cuando participó en la versión Rey de Reyes del Festival de la Leyenda Vallenata y ocupó el tercer puesto. No obstante, hubo viajes permanentes a homenajes o invitaciones especiales que llegan de todo el territorio nacional, donde él sigue siendo rey.

“Él tiene la gracia que todo el mundo lo quiere. A mi papá (Carmencito Mendoza) que era músico también, no le gustaba andar con él porque decía: A Beleño hasta los pelaitos lo llaman y se queda hablando con ellos”, cuenta Nelsy.

Quienes lo conocen bien pronostican que él volverá a los escenarios, porque aunque algunas de sus funciones resultaron afectadas, su chispa y fuerza vital permanecen intactas, así como el arte que le hierve por dentro y en medio de las dificultades que hoy presenta su expresión verbal, lo obliga a cantar, a hacerlo bien, y no lo deja olvidarse de que él sigue siendo el rey de la piqueria.

Bachiller Honoris Causa

Andrés Emilio Beleño Paba nació en Chiriguaná, centro del Cesar, el 22 de septiembre de 1948, según su cédula, el 30 de noviembre, según sus cuentas. Fue el primogénito de Francisco Nicanor Beleño Rojas y Olga del Socorro Paba Acosta, quienes completaron con él una veintena de hijos. “Desde pelao me tocó trabajar, y bien duro”, contó hace menos de dos años cuando el colegio Milciades Cantillo le otorgó el diploma de bachiller honoris causa. Dijo entonces que en su natal Chiriguaná fue al colegio pero no alcanzó a graduarse. “Hice hasta tercero de bachillerato, porque siempre me echaban o suspendían del colegio, porque no arriscaba para el estudio. Lo mío era el trabajo, tal y como lo aprendí desde muy pequeño”. No lo logró entonces, pero ahora cuenta con dos diplomas, ya que también el Instituto Técnico Upar lo había graduado como bachiller académico honoris causa en 2001.

 

Por:  Mariaruth Mosquera