Por: Edgardo Mendoza Guerra

 Hace pocos días en Valledupar, un grupo de importantes y reconocidos intérpretes y creadores vallenatos de variadas tendencias y escuelas, reunidos para reclamar el palpable olvido en las programaciones de radio y eventos públicos, incluso en el festival que homenajeó a Carlos Vives, que al final dejaron quieto.

 Como resumen, aceptaron que la falta de poesía actual es una de las causas de la degeneración del vallenato. Otros lo llaman distinto, la UNESCO propone salvación o conservación, la discusión será de palabras, ciencias de filólogos, semiólogos, y lingüistas, sobre todo estos últimos. Y tienen razón en eso del idioma: el lenguaje es vivo, cambiante, pero la poesía, si debería ser eterna.

 Desde tiempos del vallenato rural, acordeoneros, juglares y cantores, han cantado al amor y mil veces a la cosa de las mujeres, pero con una sutileza inteligente, pícara y sencilla. Amor elemental y ganas de aquello sin tantas palabras o al menos con palabras sinvergüenzas o groseras. Impúdicas, libidinoso, o libertino, dirían los académicos.

 Los romanos en el Derecho llamaron “Cosa”, en el campo privado, y corresponde al objeto de la relación jurídica, que puede ser un bien, un derecho o incluso una obligación, en la que intervienen personas, siendo éstas los sujetos de tal relación.

 Sobre las cosas recaen los distintos derechos reales (por ejemplo, la propiedad). Además, la cosa puede ser objeto de posesión, siendo éste un hecho fáctico de gran importancia jurídica. Fáctico, no fálico… ¡Ojo!

 La Cosa en el derecho tiene clasificaciones, dependiendo siempre de su relación con personas o situaciones, según su naturaleza física, su naturalidad, movilidad, utilización, incluso su apropiabilidad, por eso el amor viene de Roma, tanto que tiene la misma lectura, pero al revés.

 Los cantores vallenatos, desde tiempos inmemoriales le han cantado a eso, a la cosa, pero de manera distinguida y amorosa, lo que no hacen los regatonearos que van al grano, sin más poesía. El serrucho, la tabla, la tanguita roja, húndelo todo, por decir algo.

 He aquí, una pequeña muestra de nuestros autores en el tema. A la inspiración por la cosa femenina por supuesto!

 Lino J. Anaya, en su canción “La cosita aquella” decía en sus versos a una enamorada: “Dame la cosita negra, negra dame tus amores, no dejes que yo me muera pa´ después llevarme flores… Lino no era abogado, estaba pidiendo algo, no en los estrados sino en su derecho a pedir lo legal y natural.

 El mismo autor, en obra interpretada por los Hermanos Zuleta decía: “Negra yo he sabido que te casas, ombe y eso si me da dolor, recuerda tu cofrecito de plata, ve que ya perdiste lo mejor, piensa lo que vas a hacer muchacha, tu llevas la huella de mi amor, la luna si sabe dónde está, ella sabe lo que tú has perdido, dicen que fue en la orilla del mar, donde dejaste tu cofrecito, yo sé que tienes que regresar, puede abandonarte tu marido”. Y Poncho Zuleta agrega: ¡Quizás donde quedó ese cofrecito!

 En aquellos tiempos, diciembre era la fecha buena para contraer matrimonio, de manera que el poeta vallenatero Don Tobías Enrique Pumarejo en su “Víspera de año nuevo” cantaba alegre: “Primera noche de enero yo me felicité bien, ella dijo vámonos ligero que te quiero complacer”. Y claro, era complacer con la cosa, dijo años después el autor. No había que decirlo, se suponía.

 Emiliano Zuleta Baquero en referencia a esas jugadas del amor antiguo, una especie de kamasutra vallenato simplemente dijo: “Si voy arriba es la misma pendejá, y si voy abajo, es la misma pendejá”. Se refería al uso de la cosa, según su disponibilidad.

 Juancho Polo, cantador del Magdalena Grande en unos de sus versos decía: “Pantaloncitos calientes suben la temperatura, lo que le gusta a la gente, la pura sinverguenzura”, para la época las féminas por la moda dejaban ver sus muslos felices en las playas y en las calles.

 Con la fama por sus cantos, las mujeres llegaban al maestro Polo Valencia, a darle lo que los hombres buscamos todo el tiempo, el amor. Entonces cantaba: “La gallina de Ramona que gallina tan traviesa, en busca de mi paloma, pero no la deja quiera, sió sió mi pobre paloma, sió sió ya ni se asoma… Cualquier costeño sabe, desde pequeño, que el pipí de los niños le decían paloma. Eso de pajarito vino después.

 Emilianito Zuleta Díaz, hace algunos años en su canción “Mañanitas de invierno” en una frase con llovizna incluida, dice a su amada: “Vamos pa´ dentro que nos vamos a mojar, para que estemos bien solitos y así yo entregarte mi cariño y para que tú te sientas más mujer”. Es hasta ahora, dicen ellas, la forma más sutil y romántica de pedir la cosa. Ahí si aplicando el derecho de uso y goce, con la apropiabilidad que las leyes del amor indican.

 El filósofo y poeta Mateo Torres, cantó lo que las mujeres andinas traducen como lo máximo en romanticismo para recordar la cosa, en la canción “Lleno de ti” grabada por El Binomio de oro.

 “En cada gota de sangre que tengo cabalga un recuerdo, cada recuerdo motivo sincero para quererte más, en todo sitio de mi cuerpo siento que algo de ti llevo, tu formas parte del grande tesoro de mi intimidad, eres mi hoy mañana ayer, el corazón de mi ansiedad...

 El corazón de mi ansiedad, qué nombre tan subliminal y delicado para la cosa.

Fernando Meneses poeta nacido en un pueblo con nombre atrapadoramente soñador; La Gloria (Cesar), no podía salir con otro antojo en un verso después de descubrir la cosa y dijo en su canción: “Quise manchar tu alma”.

 “Recuerdo lo bello del momento, mis labios con los tuyos rozaban, y al sentir que era  fuego tu cuerpo como un pez asustado escapaba”.

 Tiempo después, ya atrapado por el amor, no tuvo más remedio que estudiar medicina y especializarse como ginecólogo pues la “cosa” le había apretado el pecho para siempre. Poesía y ciencia juntas por la misma cosa.

 Rosendo Romero, uno de nuestros románticos por excelencia, también abrigó su musa en alguna piel bogotana y escribió en “Cobijas” su canción eterna:

“Recordarás aquella noche que allá en Chapinero, yo te besé y una llovizna mi abrigo mojó, te reclinabas al pino coposo, no se mojaban tus largos cabellos, era aquel pino un sombrero mi amor, y presentí, que esa noche era noche de amor, que por fin yo tendría tu calor, sin saber que me hacías temblar, y me olvidé y olvidado te hice olvidar, que la noche mojaba mi voz, que eran tantas las ansias de amar”. Si quieren más poesía sobre la misma cosa, ya es pedir pan caliente.

 Chema Gómez, clásico autor guajiro dijo: “Anteanoche te vi un piojo y no te lo pude coger, y si te lo vuelvo a ver esta noche te lo cojo, y que te lo cojo te lo cojo sí te lo vuelvo a veee”. Y Claro, es la cosa convertida en ese animalito escurridizo.

“Guayabita pirulera guayaba con tanto aroma, no dejes que otro de huela, no dejes que otro te coma. Rafael Díaz, en la voz de su hermano Diomedes, ve la cosa según su disponibilidad, en divisibles, porque, aún dividiéndose, no pierde su valor. Hablo de la cosa ya convertida en semillas.

 El pollo vallenato Luis Enrique Martínez en su canto “La dejó el tren”, canta al pesar de quien pierde algo de la cosa, esta vez con nombre de tiquete de viaje:

 “Ella dice que no tiene suerte  porque ya el tren la quiere dejar, si tiene preparado el  tiquete por qué no se ha podido embarcar,  el  tren ya la dejó no se pudo embarcá, cerquita le pitó y no sé qué pasará, el tiquete perdió por ser tan descuidá… , alguna cosa le habrá pasado, porque en todos los viajes se queda, será algún pasajero avispado, que le rompió el tiquete a la negra. Ella dice que sí se enguayaba, cuando ve el tren que viene pitando, y también dice que también le da rabia, cuando se ve el tiquete picado…

 Como en la clasificación de las cosas, en éste caso se aplican según su utilización, en no consumibles ya que no se agotan con su primer uso. Para algunos juristas insisten en clasificarla, según independencia y accesorias, porque van incorporadas a la cosa principal, pero es tarea de doctrinantes.

Antes que las cosas políticas se pongan de más color, dejemos que el vallenato siga en sus fiestas, es decir en sus cosas, ¡por eso es que Vives!

 

Por: Edgardo Mendoza Guerra