Por:  William Rosado Rincones

 La historia de la llegada a estas tierras preñadas de folclor de Joaquín Cervantes, uno de los coristas más cotizados del vallenato, tiene episodios macondianos, como casi todo lo que está relacionado con este folclor.

 Su viaje no fue en la comodidad de un bus ni en automóvil alguno, su tiquete estaba reservado para un ambiente enmarcado en la carrocería de un camión maloliente en el que transportaban pieles de ganado que buscaban el rentable mercado de las curtiembres en Barranquilla.

 Un chofer de apellido Esmuquer, quien lo veía diariamente cantando en el ferry de su pueblo, Salamina, Magdalena, le hizo la propuesta para que lo acompañara a Villanueva, La Guajira; el niño que apenas tenía 8 años, ni corto ni perezoso le dijo que sí.

 Por eso, el día pactado, antes de que cantara el gallo, el muchacho ya había saltado la cerca de su casa y se acomodó en el planchón donde solían montar los salpresos cueros que emanaban hedores infernales de un camión que llevaba el llamativo letrero de “Sin Dios no hay nada”.

 Atrás había quedado Salamina, con su olor a fango del río Magdalena en donde asomaban orondos las trompas de los caimanes, en donde los pescadores atarrayaban y anzuleaban su esperanza a merced de un golpe de suerte, o de las abundantes subiendas que tenían sus tiempos específicos, ese no era el ambiente que le acomodaba a Joaquín, por eso se embarcó sin saber para donde iba.

 Al llegar a tierra guajira, los amigos y familiares del conductor le preguntaron que quién era ese muchacho, él les comentó que era un pelao que se ganaba la vida cantando en el ferry, y que lo había traído para que lo acompañara, enseguida lo foguearon y sorprendidos los que lo escucharon, entre esas una hermana del compañero de viaje, pidió que no lo trajera más a su pueblo que se lo dejaran a ella.

 Así fue, el nuevo hogar y familia de Joaquín eran los Esmuquer, los que vivían en el barrio el Cafetal de Villanueva, La Guajira; allí, Joaquín se encontró con una camada de muchachos que estaban enrolados con la música vallenata porque sus padres eran músicos, tal es el caso de los Zuleta, Los Romero, de los cuales se hizo amigo.

 

Carmen Díaz le cambió el nombre

 

En esa vecindad vivía Carmen Díaz, la mamá de los hermanos Zuleta, esposa del maestro Emiliano Zuleta Baquero y quien se encariñó con el muchacho, que la deleitaba con sus cantos, hasta que lo convenció para que se fuera a vivir a su casa, cuando eso Joaquín se rebuscaba cantando en los colegios.

 La propuesta le sonó porque iba a estar más cerca de Emilianito, el hijo mayor de Carmen y Emiliano Zuleta de quien se hizo amigo y con eso se empaparía más de la música, lo que se fue fortaleciendo con otros aficionados como Beto Murgas, Chongo Rivera, los hermanos Romero entre otros.

 A partir de ese momento el nombre de Joaquín desapareció, Carmen Díaz, con su ojo visionario para la música, lo bautizó artísticamente como ‘Jhony Cervantes’, y así se sigue llamando hasta estos días.

 El joven creció, la fama de buen cantante se regó como pólvora, y un buen día lo escucharon cantando unos músicos del grupo de los hermanos Rojano de Fundación, Magdalena, y se lo llevaron.

 La fama de ‘Jhony’ ya era conocida, de ahí que, un dueño de orquesta llamado Lucho Sarmiento se enamoró de su voz y se lo quitó a los Rojano, y así fue pasando de mano en mano, entre estas, Hugues Maya y Néstor García.

 El maestro Reyes Torres toda una autoridad en la música tropical y dueño de la mejor orquesta de los años 60 y 70 en Villanueva y Valledupar, se lo llevó a sus toldas, en donde demostró toda su capacidad como vocalista, era para entonces solo cantante de música orquestal, pero el vallenato le estaba guardando el puesto que lo lanzaría al estrellato como corista, en donde obtuvo mejor brillo que, siendo líder en la vocalización de las bandas y orquestas.

 

Entrada al vallenato

 

“El momento se dio cuando yo le recomendé a un bajista al que llamábamos ‘Calilla’ a Reyes Torres, quien entró a trabajar con nosotros, pero duró poco tiempo y se fue. Una vez para unos carnavales, estábamos tocando en un sitio en Valledupar, y terminamos temprano, y el maestro Reyes me dijo vamos a otra caseta que allá está Alfredo Gutiérrez, y allí me encontré con ´Calilla’ que estaba trabajando con ese grupo.

 De inmediato llamó a Alfredo y me lo presentó y le dijo que esa era la voz para los coros que necesitaba, de inmediato arreglamos y me fui con Alfredo, pese a la rabia que le dio a Reyes Torres” recuerda Jhonny.

 Desde ese momento comenzó a figurar como la primera voz más afinada del vallenato y quien además solía hacer animaciones que se volvieron atractivas en los trabajos de Alfredo Gutiérrez, como esta en el tema ‘La muerte de Abel Antonio”: “Ay Abelito, te fuiste para siempre papi tan lindo como tocaba, pobrecita Juana Montes, oigan su llanto desolado, quien iba a creer que ella era la que la traía los tabacos al pollo”.

 


 

 Con Alfredo Gutiérrez duró 17 años, pero inexplicablemente, dice que, le cogió rabia a tal punto que es capaz de pasar por encima de él y no lo saluda, y la tiene como una de sus épocas más gloriosas artísticamente, pero en la que peor le fue económicamente.

 En cambio, habló bien de Jorge Oñate y lo cataloga como el mejor patrón, y con quien también pasó momentos estelares con los hermanos López, con quienes compartió cinco años de trasegar.

 De ahí en adelante militó con muchas agrupaciones y participó en infinidades de grabaciones como ‘Cuna Pobre’ con Calixto Ochoa, en donde el sello de su primera voz marcó hitos, hasta que los años comenzaron a cobrar los réditos del comportamiento, del cual manifiesta que el suyo fue sano, solo trago, nada de otros vicios. “Probé la marihuana una vez y me fui en vómito”, recuerda este corista histórico del folclor, quien admite que buenas mujeres si pasaron por su vida.

 Reconoce como buenos coristas a Juan Piña, al fallecido, Jairo Serrano, ‘Nacho’ Paredes, Marcos Díaz. “Pero el papá de todos fue Ángel Fontanilla, un corista berraco”, sostiene Cervantes, quien anduvo en su peregrinar con la orquesta, El Súper Combo Los Tropicales de Venezuela, pero nunca alcanzó a grabar con ellos.

 ‘Albita’, ‘La monterrubiana’, ‘La samaria’, ‘Socorro la momposina’, ‘Eres tú’, ‘Carmencita’, ‘María Vergara’ son algunas de las composiciones de la autoría de Joaquín Pablo Cervantes Osorio, su nombre de pilas, y quien cabalga en los 88 años, pero a pesar que lo aqueja el mal de Parkinson, no quedó desamparado como muchos músicos de su temporada, porque hoy goza de las regalías que le producen esas obras, además, de lo que le genera Acinpro.

 Con eso dice vivir dignamente en su pueblo, Salamina, a donde se devolvió después de haberse volado un día de octubre en medio del aroma de los cueros de vacas de aquel camionero que le cambio la vida, trayéndolo como dice él, a la tierra prometida.

 

Por:  William Rosado Rincones