Por: Eddie Josè Dàniels Garcìa

 Ningún atributo me podría resultar mejor para titular esta crónica sobre Calixto Ochoa Campo, el reconocido acordeonista y compositor caribeño, fallecido en Sincelejo el 18 de noviembre del 2015, después de haber vivido en esta ciudad más de sesenta años. Toda una larguísima temporada dedicada al cultivo de la música, creando diversos ritmos y temas costumbristas, que tantos aportes significativos le han brindado al folclor vallenato, desde que hizo parte activa del conjunto “Los Corraleros de Majagual” en la década del sesenta. Y lo califico de “humanitario”, porque éste es el nombre de una de sus más bellas canciones, grabada hace ya varias décadas, que él mismo compuso para calificarse personalmente, y hoy, tanto por su contenido como por su forma, es catalogada como una verdadera pieza clásica dentro de la música colombiana.

Siempre he considerado que el talante musical de Calixto Ochoa Campo, al igual que el de muchos otros compositores colombianos, está marcado por un sello de impecable originalidad, difícil de aplicarle comparaciones veleidosas o imitaciones temáticas. Porque, resulta imposible desconocer, que el tenor de la gran mayoría de sus canciones está matizado con un sobrio lirismo, muchas veces de tono dramático, que cala sutilmente en el sentimiento de todas las personas que son fanáticas de sus composiciones. Y creo que no existe un solo colombiano, concretamente de la Costa Caribe, que no haya experimentado en algún momento el deleite emocional que producen los episodios narrados en sus infinitas creaciones musicales, las cuales siempre que las escuchamos cobran una vigencia natural que motiva inmensamente a los admiradores de sus composiciones.  

Y, en relación con los ritmos y las notas melódicas, Calixto Ochoa Campo, al igual que otros prestigiosos acordeonistas, como Alejandro Durán, “Colacho” Mendoza, Alfredo Gutiérrez y Emilianito Zuleta, son auténticos maestros en el manejo de este maravilloso instrumento. Sólo ellos, puede afirmarse con absoluta seguridad, han creado escuelas dentro del arte vallenato y exhiben un estilo inimitable, que los presenta como verdaderos artistas de este género musical. Porque, dentro de la interminable lista de músicos y cantantes que existen o han existido, contemporáneos o posteriores a ellos, es fácil identificar la influencia que estas nuevas generaciones han recibido de los grandes acordeonistas mencionados. Nadie ha podido escapar al embrujo producido por los bajos complacientes de Alejo Durán o a las notas penetrantes y sugerentes de Calixto Ochoa.

Durante mi larga permanencia en Sincelejo, que supera ya los cuarenta años, tuve la oportunidad de charlar y compartir con el maestro Calixto en diversas ocasiones. Pero, de todos nuestros encuentros, el más fructífero ocurrió a comienzos de 1987, hace ya treinta y cuatro años, en una invitación que el Maestro le cursó a don Álvaro Sprockel Mendoza, cuando éste se desempeñaba como rector del Instituto Simón Araújo de esta ciudad. El gran compositor deseaba agradecerle unos cupos que don Álvaro le había facilitado en el mencionado colegio. Ese día, sin ningún conjunto abordo, sin ningún acompañante, el Maestro se lució ejecutando el acordeón y cantando fragmentos de sus canciones preferidas o de aquéllas que gentilmente le solicitábamos. Durante la velada, tuve tiempo de sobra para apreciar su sencillez, valorar su carisma y sus calidades humanas y, sobre todo, pude comprobar su tremenda capacidad creadora y su insuperable talento musical.

Desde muy joven, he profesado una gran admiración por la música y las canciones de este destacado compositor caribeño. Recuerdo mis años de estudios en el Colegio Pinillos de Mompós, centrados en la década de los años sesenta, cuando experimenté las primeras sensaciones que me causaron los discos de Calixto Ochoa, quien en ese tiempo solía ir con asidua frecuencia a la “Ciudad Valerosa” para amenizar cualquiera de las casetas existentes en la población. Guardo en mi memoria los infinitos deleites que me producían las notas de discos inmortales, como “Los sabanales”, “Playas marinas”, “Lirio Rojo”, “Mata e’ caña”, “El parquecito”, “La reina del espacio” y muchos más, cuyas melodías inefables causaban demasiado placer y llenaban de furor y emoción a los enloquecidos bailadores, sobre todo, a los que apenas hacíamos los primeros pinitos en el baile.  

También, desde esa época empezaron a llamarme la atención las distintas creaciones dedicadas a las mujeres, que, seguramente, habían tenido alguna significación en su vida. Algunas composiciones tituladas con los nombres de pila, como Diana, Marta, Marily, Miriam, Norma, Irene, Norfidia, Crucita, Amparito, y, otras veces, canciones dedicadas a mujeres, calificadas con adjetivos cariñosos, como “La china”, “La llanerita, “Muñeca linda”, “Palomita volantona”, o también, con atributos despectivos, como “La india motilona”, “La ombligona” o “La flaca vitola”. Asimismo, como solía ocurrirle a mucha gente, me despertaban el interés aquellos discos con temas pintorescos, como “El pirulino”, “Remanga”, “El calabacito”, “El viejo del sombrerón” y otros similares que causaban muchísima satisfacción en los oyentes.

Sin embargo, dentro de su abundante repertorio temático, sólo comparable a las extensas producciones de los compositores José Barros y Jorge Villamil, la canción del maestro Calixto Ochoa que desde siempre me ha llamado la atención es “El humanitario”, grabada por él hace más de seis décadas, y más tarde por el conjunto de Poncho Zuleta y “Colacho” Mendoza en 1975. Y me causa admiración, porque sabiendo que el autor tuvo una escasa formación escolar, ésta es una pieza que se caracteriza por presentar una arquitectura perfecta. Son tres estrofas de versos alejandrinos con rima vocálica alternada y una pausa interna en la sílaba octava, lo que origina dos hemistiquios desiguales de ocho y seis sílabas, respectivamente. Al entonarla, las estrofas resultan de seis y ocho versos, debido a la repetición en pares que, para darle más belleza a la melodía, les aplica el autor.

Siempre tuve conocimiento de que el maestro Calixto Ochoa Campo era natural de Valencia de Jesús, un llamativo pueblo del Cesar, cerca de Valledupar, donde había nacido en 1934. Apenas cumplió la mayoría de edad, salió a probar suerte y se radicó en Sincelejo. En esta ciudad se dedicó a perfeccionar el manejo del acordeón, afición que había iniciado siendo muy joven en el seno familiar. Aquí conoció a Alfredo Gutiérrez, con quien guardó una entrañable amistad desde comienzos de los años sesenta. Se coronó como el tercer “Rey vallenato” en 1970, y desde entonces se mantuvo en el pináculo de la fama, como uno de los mejores acordeonistas y compositores de Colombia. Fue galardonado con varias medallas y distinciones en diversos departamentos, y son incontables los premios y trofeos a que se hizo merecedor por la popularidad de sus canciones.

Los últimos años de existencia se mantuvo alejado un poco de la creación musical, acosado por serios quebrantos de salud que le exigían quietud y le impedían tomar el acordeón y disfrutar sus notas preferidas. Sin embargo, fiel a la intención de seguir explotando su talento artístico, en veces, se arriesgaba a continuar saboreando la gloria que le prodigaron sus canciones magistrales. Asimismo, se deleitaba atendiendo a los amigos que lo visitaban frecuentemente, manifestaba su solidaridad comunitaria y demostraba, a todas luces, que, aún con sus achaques personales, seguía siendo para todos los colombianos y, en particular, para sus muchísimos admiradores, el genial compositor polifacético, pero, sobre todo, “el humanitario por excelencia” de la música vallenata.

 

POR: Eddie José Daniels García